Además de jugar, ha levantado en Angola una iglesia evangélica. En un país que se está desarrollando tras haber sufrido una guerra también ha abierto un instituto de ayuda social, que trabaja tanto en Angola como en Brasil, para los más necesitados.

“Dios me dio tantas cosas en este mundo durante mi vida que ahora tengo que poner mi corazón, mi energía, mi fuerza para intentar devolver todo de alguna manera” explica Rivaldo. “Es fácil vivir en Barcelona, Londres, Sao Paulo. Son ciudades maravillosas. Es fácil dar cariño y abrazar a personas perfumadas, guapas, ricas, pero no lo es a alguien que no puede bañarse ni comer.

A las 24 horas de morir, todos, pobres o ricos, seamos como seamos, acabamos igual. Por eso tenemos que ayudar a Dios, para tener esa vida eterna, porque el cuerpo no vale para nada. El corazón y el espíritu es lo que permanece. Es, por lo tanto, Dios quien está tocando mi corazón cada día para poder ayudar a todos ellos. Estoy hablando de Angola, pero vale para cualquier lugar.”

Como cristiano evangélico “me convertí, quiero seguir en este camino de Dios. Ahora lo ves todo muy diferente, no tienes maldad, procuras fallar lo menos posible”. Como fruto de esto su pensamiento ya no está en el lado material, ahora piensa en el lado espiritual; y esto le hace ser una persona muy distinta, que le da una felicidad que no había tenido antes. ¿Cuándo y cómo encontró a Dios? Antes de cumplir 32 años, y tras salir del Cruzeiro, se quedó a vivir en Mogi Mirim, en Brasil. Oía voces que le decían que iba a morir en un accidente de coche. Un día, salió de Mogi Mirim rumbo a Sâo Paulo y acabó pasando por Curitiba, por lo que llaman la carretera de la muerte por lo peligrosa que es. No paraba de escuchar esas voces. “Vas a morir en un accidente de coche. Vas a morir”. Y, de pronto, escuché otra voz que decía: “Si tú crees en mí, no morirás. ¡Cree en mí!”.

El está seguro de que era la voz de Dios, su esposa por entonces ya era cristiana evangélica. Ese día de la carretera de la muerte, de vuelta a casa, cuando subió al ascensor se puso a llorar. Entonces, ella hizo una oración con él, le dijo que siguiera el camino de Dios, y le leyó un versículo de la Biblia. Jamás volvió a escuchar esas voces. Desde entonces, es otro. Ahora sabe que “Dios existe de verdad, no quiero ir al infierno, solo seguir su camino. Ahora es como si tuviera ocho años de vida. Desde el 2004, soy una persona nueva. Le agradezco que me diera la oportunidad de tener una vida buena en la tierra y otra mejor que esta. Se lo agradezco a Dios doblemente”.

Fuente: Familia Cristiana