Una antigua lesbiana testificó sobre el poder de Dios para transformar vidas, y cómo Él le devolvió la restauración y redimió los años que el enemigo le robó.

Antes de que cientos de personas se reunieran en el teatro Sylvan adyacente al Monumento a Washington a los 80 grados de temperatura, Janet Boynes se dirigió a la Marcha de la Libertad, la segunda reunión que se realizará en la capital de la nación.

“He estado fuera de la vida lesbiana por 20 años”, dijo Boynes.

“Alguna vez me levantaba por la mañana y me preguntaba: ¿Quién soy? ¿Cuál es mi identidad? ¿A quién pertenezco? ¿Por qué estoy aquí?”, Comenzó ella, explicando que esas son las preguntas que muchos se hacen.

Se dio cuenta de que tenía una crisis de identidad, explicó, y agregó que “no sabía quién era yo ni a quién Dios me había llamado a ser”.

Cuando Boynes era joven, caminaba por la vida en modo de supervivencia, explicó, ya que se crió en una familia de siete hijos de cuatro padres diferentes. El hombre que la crió era alcohólico y abusaba físicamente de su madre. Su madre la maltrató.

“Viendo esas peleas entre mis padres, comencé a adaptar esos mismos comportamientos”, dijo, y señaló que su vida se salió de control.

Durante su juventud, desarrolló un profundo odio hacia los hombres, especialmente los hombres negros, porque el marido de su madre la violó. También fue violada por un monaguillo.

Cuando Boynes se fue a la universidad, conoció a una mujer que, según dijo, ayudó a salvar su vida y la invitó a la iglesia. Fue allí donde conoció al “hombre de sus sueños”, que le propuso matrimonio. Sin embargo, tres meses antes de la boda, tuvo una experiencia sexual con una mujer que alteró la trayectoria de su vida. Le contó a su pastor lo que había ocurrido, rompió el compromiso con su prometido y se alejó del Señor durante catorce años.

Catorce años después de ese encuentro sexual con una mujer, conoció a una mujer cristiana a las 3 am en una tienda de comestibles. Después de una breve conversación con ella, la invitó a la iglesia. Unas semanas más tarde, ella volvió a dedicar su vida al Señor.

Lo que hizo una gran diferencia fue que un grupo de mujeres en la iglesia la trajo a su comunidad a pesar de que no se parecía en nada a ellos y no hablaba como ellos.

“Me amaron desde adentro hacia afuera, no desde afuera”, explicó.

“Fue la iglesia la que me ayudó a poner fin a mi búsqueda. Lo que me he dado cuenta es que Dios nunca te llama por tu vergüenza, amigos. Él te llama por tu nombre”, dijo a la multitud, a saludar.

Ella concluyó: “Nunca podemos recuperar los años que perdimos. Pero servimos a un Dios que redimió el tiempo”.

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